ene 292012
 
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Cuando en septiembre de 2010 compré un ereader (un lector de ebooks) pensé, ingenuamente, que durante una larga temporada tendría cubiertas mis necesidades lectoras. No lo compré en España, ya que con el tradicional retraso hispánico, los aparatos que se vendían aquí eran caros y escasos en prestaciones comparados con el Nook que me trajeron de EE.UU. El aparato tiene wi-fi y un navegador sencillo, suficiente para revisar el correo electrónico o buscar algo en internet sin apartarse de la lectura. Soporta el formato epub, que aparentemente era el estándar de la industria, tanto con protección por DRM (Digital Rights Management, gestionado por Adobe) como sin ella y además permite visualizar (aunque paupérrimamente) archivos en formato pdf (asunto del que escribí en esta entrada). Como por aquel entonces ya había unas cuantas librerías virtuales con literatura en castellano, pensé que la e-lectura, aún en versión hispana, prometía.

Prometer, prometía, y casi año y medio después, sigue en promesas, al menos en parte. Para empezar, los e-lectores seguimos discriminados pagando el IVA general, un 18%, frente a los lectores en papel, que pagan el 4%. ¡Vaya! eso sí que es incentivar la reducción de la contaminación, de residuos y la protección de los bosques (por no mencionar el estímulo a las TIC). Además, supongo que es la naturaleza de nuestro país, a las librerías les cuesta emitir factura de las compras. No es que no la envíen, pero es necesario solicitarla por correo electrónico aparte de la compra. ¿No sería más sencillo emitirla siempre y enviarla en pdf? Sí, lo sería, sí, no les supondría ningún coste (todo electrónico, igual que la compra que se acaba de realizar), sí, le harían más sencilla la vida al cliente. Le hice esa sugerencia a una librería tras una compra, amablemente me dijeron que sí, y hasta ahora.

A medida que adquiría libros digitales y otros conocidos también lo hacían, empecé a añorar un derecho asociado a la propiedad de libros físicos: poder prestarlos o recibirlos en préstamo (incluso no devolver alguno tenía su morbillo). De repente, un derecho del que disfrutaba cuando compraba un libro en papel, me había sido hurtado por Libranda y asociados. No, las leyes de la propiedad no han cambiado en este plazo, no, sigue sin estar prohibido que le preste o regale un libro que he leído a una amiga, pero … no puedo hacerlo. Técnicamente es una bobada, bastaría con traspasar el derecho de acceso al archivo a otro usuario (estamos identificados por los DRM) durante un período de tiempo, esa es la gracia de los DRM. De hecho, la librería on-line de Barnes & Noble lo permite y estimula: el propietario no puede acceder al contenido de un ebook durante 15 días, en los cuales, otro usuario designado por el comprador tiene los derechos de acceso al archivo. Aquí no … ¿para qué? … no vayamos a ser clientes/lectores satisfechos o algo … no van a ser las librerías de nuestro e-terruño más modernas que las americanas ¡qué disparate!

Como los precios estan pactados (¡viva la libertad de mercado! a la que tanto se alude y tan poco se observa), no merecía la pena buscar en diferentes liberías on-line. Hasta que apareció Amazon.es. Bueno, apareció Amazon.es más su Kindle, Apple con su propia tienda y su iBooks, y cada uno con su formato propietario y eso sí, protegido, porque claro, la piratería es malisísima. El caso es que ahora merece la pena mirar precios. Por ejemplo: un libro de Juan Gómez-Jurado, “El emblema del traidor”, cuesta en Amazon.es 1,49€, mientras que en leqtor.com (asociada a Libranda), el precio es 7,59€. Yo empiezo a alucinar ¿seis euros de diferencia sobre ocho? ¿quién se los lleva? [Las capturas de pantalla siguientes son del sábado 28 de enero de 2012, no sea que cambien las páginas].

Cabe mencionar, para ilustrar la colusión de precios, que el último de P. Auster, “Diario de invierno”, está a los mismos 10,44€ en ambas e-librerías. Tendré que echar a pito-pito (cara y cruz no me va, me dedico a la estadística) dónde comprarlo.

Bueno, me digo a modo de consuelo, busca y compara, hay que entrar primero en Amazon y luego dar un vistazo por ahí (idea de negocio para emprendedores: rastrea-libros, el mismo ebook al mínimo precio). Pero he aquí que Amazon tiene su propio formato (que no soporta mi Nook) y su propio gestor de derechos digitales … ¡Ya estamos! … ¡Pero si me compré un iPad en noviembre! … Los de Amazon, que no quieren perder a los iPad-eros, tienen un programa Kindle que se puede instalar en el iPad (y en muchos otros dispositivos), así que si compro en Amazon, puedo leer el libro con un programa distinto del que uso para leer el formato epub (el que se suponía estándar), pero no puedo leerlo en el Nook ¡genial! Debo decir que la tienda de libros de Apple no la he probado, estoy cansado mentalmente, ya me pondré.

¿Tendría sentido tener que comprar unas gafas distintas en función de la librería que te vende un libro en papel? (igual se les ocurre polarizar las páginas). Porque yo entiendo que Amazon, Apple, Libranda … quieran crear un ecosistema como lo llaman ahora (de toda la vida ha sido un rebaño), y confinarnos en el redil, claro, y esquilarnos periódicamente… Pero es que no a todos nos gusta estar todo el tiempo en el mismo cercado, aunque te den pienso del bueno, al final te esquilan. Y luego dicen por ahí que actúan por la satisfacción del cliente, pues sí.

A todo esto ¿qué opinan las editoriales? Creo que su enorme torpeza digital las va a llevar a la quiebra, parece que siendo las más letradas (comparadas con discográficas y cinematográficas) y las últimas en entrar en “la cosa digital”, no han aprendido nada sobre cómo funciona internet, y no será por falta de muestras: ¿se acuerdan de Napster? ¿les suenan las redes P2P? ¿aquello de las regiones de los DVD funcionó?. ¿Y los autores, piedra de toque del negocio? Me parece que la mayoría no se quieren enterar de lo que viene. Rabietas de Lucía Etxebarría aparte, y excepciones de escritores implicados en la red como el mencionado Juan Gómez-Jurado (más de 100.000 seguidores en Twitter), el resto parece que sólo dice “Sinde, Sinde, Sinde …” con voz gomosa (me recuerdan aquellos seres de “Un mundo feliz” de Huxley, que decían “soma, soma, soma, …” persiguiendo una droga/alimento que los sustentaba y hacía dóciles).

Así que, hasta los ebooks. Yo uso Calibre, un útil programa para gestionar mi librería digital y pasar los archivos desde el ordenador con el que los compro al dispositivo de lectura (Nook/iPad). Existe un plugin para Calibre que permite eliminar los DRM de los libros protegidos (hay que estar registrado en el sistema de derechos digitales y tener el ordenador configurado para leer los ebooks comprados, no sirve para piratear). Así puedo recuperar el derecho a prestar libros que los vendedores me han sustraído. Además, se pueden convertir formatos, de manera que no resulte imprescindible usar una aplicación distinta para cada ebook y se pueda leer un libro digital comprado en Amazon en un ereader que sólo soporta el formato epub. Este proceso no es ilegal (ni inmoral, ni engorda), puesto que he comprado el libro, lo único que hago es recuperar los derechos que tenía cuando era en papel: sólo necesitaba luz (y últimamente, gafas para vista cansada). Como economista, entiendo que se puede renunciar a algunos derechos sobre un bien del que uno es titular, como el de préstamo, pero dicha renuncia debe reflejarse en el precio, cosa que no ocurre en el mercado del libro digital.

Mientras, la industria es todo lágrimas y crujir de dientes por la piratería, pero es que nos ponen muchas trabas a quienes queremos comprar y leer un libro digital, nos hurtan derechos y nos perjudican fiscalmente. ¡Espabilen, señoras y señores del mundo editorial! Háganlo fácil, barato y estándar.


NOTA: Una postrera búsqueda en Google muestra que “Lucía Etxebarria volverá a escribir libros gracias al nuevo ministro de Cultura”. ¡Pues vale! ahora dirán “Wert, Wert, Wert …”.

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