
Cuando en septiembre de 2010 compré un ereader (un lector de ebooks) pensé, ingenuamente, que durante una larga temporada tendría cubiertas mis necesidades lectoras. No lo compré en España, ya que con el tradicional retraso hispánico, los aparatos que se vendían aquí eran caros y escasos en prestaciones comparados con el Nook que me trajeron de EE.UU. El aparato tiene wi-fi y un navegador sencillo, suficiente para revisar el correo electrónico o buscar algo en internet sin apartarse de la lectura. Soporta el formato epub, que aparentemente era el estándar de la industria, tanto con protección por DRM (Digital Rights Management, gestionado por Adobe) como sin ella y además permite visualizar (aunque paupérrimamente) archivos en formato pdf (asunto del que escribí en esta entrada). Como por aquel entonces ya había unas cuantas librerías virtuales con literatura en castellano, pensé que la e-lectura, aún en versión hispana, prometía.
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