
El verano pasado, después de cargar durante 12 días con “El juego del ángel” de 667 páginas (y que no me gustó tanto como “La sombra del viento”) junto a “Dime quién soy” de 1097 páginas, para cuando acabara el primero, decidí que había llegado el momento de cambiar de herramienta de lectura (ya sé que la herramienta son los ojos, digamos el soporte de lectura). La puesta en marcha en junio de 2010 de la plataforma Libranda, aunque tarde para variar (Amazon llevaba más de un año vendiendo libros en formato electrónico por internet), también justificaba comprar un ereader (¿e-lector?) y dejar de cargar con los libros en papel (no sin cierta nostalgia, pero con optimismo por mi espalda y los bosques).
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